Entrevista con Alberto Chimal

El fin inminente

El cuento, está convencido Alberto Chimal, es una narración que tiene mucho que ver con el impulso ancestral de hablar, de contar estas historias que han dado forma a la actualidad que se vive.
   La imprenta y el mundo editorial han transformado la manera de hacer estas narraciones, pero los textos cortos no han perdido las características básicas que facilitan su transmisión oral: brevedad y sencillez.
   Chimal, destacado cuentista, dramaturgo, poeta y novelista mexicano, abona a ese cuerpo literario que registra los aconteceres en textos condensados con su tomo Los atacantes (Páginas de Espuma), en el que narra miedos ancestrales provocados por agentes más contemporáneos: redes sociales, celulares, stalkers y acosadores.

De origen colectivo
La novela, dijo Chimal, es hija de la imprenta mientras que el cuento tiene un origen inmemorial. “(El cuento es) Una narración que suele tener pocos personajes y que suele estar dedicada a un solo asunto o anécdota. Esa es como la clásica que le dan a uno en la escuela de escritura pero tiene sentido porque si lo piensas esta definición de cuento que sobrevive a todo, se habla constantemente de las modificaciones que sufre la literatura, de las nuevas tendencias, de cómo la vanguardia se aparta de lo clásico, pero siempre volvemos un poco a estas definiciones como muy de escuela porque tienen sentido.
   “El cuento se remonta al comienzo de la especie, al comienzo de nuestro uso de lenguaje, a esa época que ya no podemos recuperar, de las historias de tradición oral, ¿por qué? ¿para qué es corto un cuento? Para podérselo aprender, para poder memorizarlo y después repetirlo. ¿Para qué tiene pocos personajes? Porque los escuchas del cuento, no los autores porque no existía la escritura en aquellos tiempos remotos, tenían que captarlo al vuelo y es más fácil seguir las peripecias de unos pocos personajes que de muchos. De la misma manera también es más fácil concentrarse en una sola anécdota que estar brincando de una a otra, con esto quiero decir que las características del cuento hablan de su origen oral, de su origen antiguo”.
   La novela, añadió el también autor de La torre y el jardín, tiene su origen en la época medieval. “Se hacían antologías de novelas, antologías de textos breves, y después se empiezan a redactar libros extensos llamados novela, pero ya con otra acepción que de entrada tienen la idea de la extensión y la idea de la multiplicidad.
   “La idea de las muchas historias juntas, ese otro modo de escritura se vuelve popular, se vuelve central, cuando lo populariza la imprenta de tipos móviles de Gutenberg y de sus sucesores. Don quijote no hubiera sido posible de no haber existido esa tradición durante cerca de un siglo, en tiempos de Cervantes, y su difusión tampoco habría sido la que ha sido de no ser por la imprenta porque facilitó esa lectura concentrada, solitaria, que es la de la novela, al contrario del cuento que es un su origen más colectivo”.

La angustia de vivir
Los atacantes, la más reciente publicación de Alberto Chimal, apela a la colectividad del cuento desde el tema mismo. Celulares, computadoras y redes sociales, epítomes de la comodidad contemporánea, se tornan en las páginas de su libro en agentes de amenaza. En extensiones de un ente que nos vigila y que podría estar más cerca de lo que se cree.
   Las siete historias escritas por Chimal fueron desarrolladas, según comentó en entrevista para PROVINCIA, a lo largo de un par de años. “Un poco por el interés en las figuras, los iconos o las anécdotas del cuento de miedo en general pero también por la angustia, el desasosiego, la inquietud de la época en la cual fueron escritos, que es una época, un periodo que hemos vivido con mucha angustia en este país, creo que de alguna forma ambas cosas se complementan.
   “Estos textos no son testimoniales, obviamente, pero sí son de cierta manera la representación por medio de estas figuras y argumentos, de qué se siente vivir en una época como esta”.

—¿Cree que escribir permite darle sentido al gran sinsentido que nos rodea?
Yo creo que por lo menos nos permite por un lado intentarlo, intentar comprender lo que sucede, intentar comprender también lo que nos sucede a nosotros, lo que nos provoca este caos en el que estamos inmersos y, por el otro lado, también nos permite criticarlo, reducirlo a una estatura humana y perderle un poco el miedo. Cuando en una película de monstruos el monstruo no aparece —se oye que ruge o se ve una sombra—, es cuando más eficaz resulta porque la imaginación llena el hueco de lo desconocido. En cuanto aparece se vuelve una cosa, se vuelve finito, se vuelve incluso un poco ridículo si no tienen presupuesto para hacer algo más que una botarga, ¿no? Eso es lo que hacen también las historias, nos permiten acercar un poco estos horrores a una estatura humana y creo que es necesario porque a partir de ahí empezamos no solo a comprenderlo sino a criticarlo también.

—Me gustó la frase de “El mundo se termina a todas horas” del cuento titulado Arte, en el que narra diferentes opciones del fin del mundo, y es que el mundo de alguien puede terminar quizás si se termina su noviazgo, o su trabajo, o su fama…
Claro. Yo creo que lo que ahora en México varios colegas y yo estamos llamado “Narrativa de imaginación”, y que tiene todo que ver con Los atacantes y con varias obras que han salido en los últimos años, de varios colegas, es también una propuesta para ver lo que nos pasa cuando ocurren esos pequeños apocalipsis, esos pequeños finales del mundo de los que has hablado. No es nada más que uno se muera —aunque ese es un final que por supuesto vamos a llegar todos—, (sino) cualquier otro momento en el cual se extingan o se pongan en crisis las certidumbres de nuestra vida es también un pequeño apocalipsis: cuando perdemos a alguien amado, cuando perdemos el trabajo, cuando nos enfermamos de manera que quedamos inmovilizados, cuando se muere alguien querido… todos esos momentos van en contra de la narración de la rutina, de la historia que nos construimos para creer que nuestra vida tiene un orden. Nos vamos a levantar a tal hora, vamos a hacer tales cosas… en el momento en el cual se rompe esa certidumbre nos damos cuenta de que existimos en un caos y oponemos a ese caos una idea o una ficción de orden. Puede ser un descubrimiento devastador pero parte del sentido de tratar de hacerlo, creo yo, incluso de una manera muy pragmática, es estar alerta, es estar preparados porque tarde o temprano nos va a llegar nuestro propio apocalipsis.

—¿Las redes sociales son otra cara del gran hermano planteado por George Orwell?
Sí, por supuesto. De hecho creo que lo que planteaba Orwell, de alguna manera, a pesar de todas las buenas intenciones que hay en juego, sí llega a pasar. Estamos viviendo en una especie de Estado no necesariamente policiaco -aunque en muchos casos sí lo es-, pero de perpetua vigilancia, solo que de manera quizás impredecible. No es un aparato gubernamental o un aparato policiaco el que lleva a cabo la vigilancia, somos nosotros. Estamos constantemente diciendo dónde estamos, diciendo qué hacemos, ofreciendo imágenes de nuestro entorno, estamos creando esta carga constante de información sobre nosotros mismos que por supuesto es aprovechada por las empresas y por los gobiernos para tener cierto control sobre nosotros. Quizás no entenderíamos esta situación presente, de la misma forma, si no hubiera existido el libro de Orwell, pero el libro de Orwell no nos da una profecía, nos da ciertas imágenes con las cuales podemos entender el presente y es una cosa terrible a partir de esa interpretación.

—El cuento de La gente buena es una historia espeluznante, que claro era la intención, no sé dice qué pasó o porqué hay humanos totales y otros que no lo son, pero creo que es una metáfora magnífica sobre esta moda actual de aparentar que se vive en luz y se es buena onda sin mostrar la cantidad de atrocidades que quizás se hacen en privado…
Sí, claro. Creo que esta es una época en la cual estamos muy entrenados a inventarnos fachadas, inventarnos apariencias que a veces ni siquiera son para engañar a otros, son para engañarnos a nosotros mismos. Estamos despertándonos de muy mal humor, no tenemos dinero, nos dejó la novia, además no somos agraciados, estamos pasados de peso, nos tomamos una foto perfectamente pensada para que nomás se vea un cachito de la cara, le echamos un filtro para que no se vean las imperfecciones de la piel y decimos: “Ay, qué maravilloso día estoy teniendo”. Es un masaje al ego que nos damos porque nadie más nos lo está dando y porque de pronto en estas sociedades tan obsesionadas con el éxito, con la belleza, con el dinero, la angustia es enorme por todas partes porque nadie puede estar a la altura de estos ideales imposibles.
   En este ambiente de engaño, de autoengaño, efectivamente hay muchísimo que no se ve, que se oculta, que no se enfatiza y que de pronto cuando lo descubrimos nos sacude porque no solo lo descubrimos en nosotros y es donde es más demoledor.

—En la contraportada se refieren a usted como un narrador polifacético e imprevisible, ¿concuerda con estas valoraciones?
Me gustó lo de polifacético. Lo de imprevisible, creo que se debe a que otros de los libros que he publicado tienen otros enfoques, otros asuntos, muchos tienen que ver con la imaginación fantástica, no todos, pero sí algunos y, sin embargo, creo que no se han repetido, a lo mejor por ahí está lo de imprevisible. A mí me gustaría pensar que si eso es verdad espero que siga siéndolo, muchas veces. En este mundo tan mercantilizado se supone que lo que uno tendría que hacer es encontrar el tipo de historia o el tipo de libro que tiene éxito y luego repetirlo hasta el infinito pero a mí por lo menos esa idea me repele, yo prefería siempre encontrar, en los proyectos que voy haciendo, algo nuevo, algo que me interese, que represente un desafío, algo que no haya hecho.




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