Entrevista con Juan Carlos Rulfo

Actitud Rulfiana

No hay búsqueda sencilla. Aunque lleváramos anotado en un papel el nombre de quien buscamos, o incluso su dirección, siempre habrá elementos externos que nos desvíen o encuentros inesperados que quizás nos hagan replantear el deseo de seguir en ese camino que era inamovible cuando dimos el primer paso.
   De lo anterior hay muchas historias qué contar, muchos ejemplos que confirman y concuerdan con la situación planteada o que incluso añaden otros aspectos no considerados.
   Un caso ejemplar de una búsqueda difícil es la novela Pedro Páramo en la que desde la primera línea se nos avisa que Juan Preciado llegó a Comala buscando a su padre, uno al que desea encontrar para exigirle lo que no le dio en vida a él ni a su madre, Doloritas, quien desde ultratumba guía a su hijo y hasta conversa con él.
   Este año se cumplen seis décadas de la publicación de esa obra sobre la que Jorge Luis Borges dijo en 1985: “Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de la literatura”.
   La salida al mercado de Pedro Páramo fue como un incendio de chispa retardada. Se publicó en 1955 pero fue hasta años después cuando se convirtió en un fenómeno mundial y para la década de 1970 ya había ediciones en España, Venezuela y Colombia, por citar algunos países.
   Deslumbrados por la historia de Pedro Páramo, el cacique que por amar el recuerdo de Susana San Juan no llegó ni siquiera a querer a quien tenía cerca, se olvidaron de registrar la fecha en que se puso a la venta. La Universidad de Guadalajara menciona que fue el 18 de julio, otras fuentes señalan que el 19 de marzo, lo único que coincide es el año: 1955.
   Y así como Juan Preciado emprendió la búsqueda de un tal Pedro Páramo, iniciamos la nuestra pero con otro objetivo: un tal Juan Carlos Pérez-Rulfo Aparicio, documentalista e hijo de Juan Nepomuceno Carlos Pérez-Rulfo Vizcaíno.
   Luego de un intercambio de emails que parecía interminable y tras cambiar varias veces de día, hora y lugar el encuentro para una entrevista, esta finalmente se concretó para el domingo 15 de marzo de 2015, fecha exacta, según Juan Carlos Rulfo, del 60 aniversario de la publicación de Pedro Páramo.
   En entrevista para PROVINCIA, el realizador de documentales como Los que se quedan, Del olvido al no me acuerdo y De panzazo habló sobre su labor cinematográfica y acerca de la relación que tuvo con Rulfo, el padre y no Rulfo el escritor.
   “Ha habido cosas, tampoco tantas”, señaló vía Skype, “no hubo tanta resonancia de los 60 años (de Pedro Páramo) hasta donde yo sé. Hay unos que dicen de repente ‘queremos todo el archivo de fotos para ponerlo’ y no, váyanse a volar, ‘¿qué crees que soy mercado?’, no, yo he estado muy metido en esto de la peli y no vivo en la Ciudad de México. (Medios de comunicación) que insistan como tú, no (risas), ya cuando se hartan digo ‘ya, déjenme en paz’. Como está la Fundación Juan Rulfo, que es una cosa bastante difícil, como que todo ha sido concentrado ahí. Hubo una nueva publicación, se hizo una que otra mención en prensa, siento que no ha habido tanta cosa”.

Desde lo visual
Juan Carlos Rulfo tenía 22 años de edad cuando murió su padre, estaba en la carrera de Ciencias de la Comunicación y aún no tenía muy claro a qué se iba a dedicar, fue el deseo de contar historias y acercarse a la realidad con la actitud con la que lo hizo Juan Rulfo, que empezó a realizar trabajos cinematográficos. En 1995 fundó La Media Luna Producciones de la mano del documental Del olvido al no me acuerdo, su ópera prima.
   “Cuando fue Del olvido a no me acuerdo era una reinterpretación muy personal. Acababa de morir mi padre, estaba con todas estas cosas que tenían que ver con algo que estaba muy cercano y entonces me entró como la urgencia de ver qué estaba pasando con las cosas más  cercanas porque se estaban acabando”.
   Fue casi nueve años después de la muerte de su padre cuando realizó el documental El abuelo Cheno… y otras historias que toma como pretexto la historia del asesinato de su abuelo, Juan Nepomuceno Pérez-Rulfo, y se acerca a un grupo de viejos habitantes del sur de Jalisco que hablaron sobre aquellos días agitados de las revueltas postrevolucionarias.
   “Fue también, en ese tiempo, entender qué era lo que estaba haciendo, si hacía cine, si no, yo no quería hacer cine, no sabía qué quería hacer, pero sí me movía mucho saber lo que quería la gente respecto de la vida”, señaló Juan Carlos, “cuando veía que la gente se iba y yo no sabía que eso existía, y que la gente no estaba aquí por siempre, me entró la urgencia por ir a rescatarlo.
   “Además me encontré con gente fantástica, la manera de expresarse, de contar cosas, resulta que se parecían mucho a las historias de mi padre y eso fue como un descubrimiento personal, parecería obvio pero no me había dado cuenta y veo que a la gente le pasa lo mismo: que las cosas más cotidianas resultan ser las más interesantes y resulta que hay muchas cosas muy impresionantes e importantes de rescatar y de decir”.
   Juan Carlos dijo que ese ha sido su camino como realizador. “Comenzó desde lo más lejano, que eran los personajes más antiguos y escarbar en los orígenes y en la zona donde nació mi padre”. Y su labor lo llevó también a cuestiones más generales y de impacto social como con sus trabajos Los que se quedan, que mostró otra cara de la migración y De panzazo, que realizó un acercamiento a la situación actual de la educación en el país.
   “Yo creo que ha sido una evolución de ir aprendiendo las responsabilidades y las capacidades que hay con un medio como el cine. Yo creo que la evolución del cine documental en México se ha dado como un trabajo muy natural, de ver cómo el cine puede interactuar con la sociedad, pienso mucho en Presunto culpable y ver lo que pasó ahí, que fue muy impresionante, muy fuerte y muy valorable. De ahí salió la idea de poder hacer De panzazo, aunque era como mucho más espinoso, sigue siendo mucho más espinoso”.
   Y aunque tuvo gran resonancia e incluso se pasó en televisión abierta en una cadena de alcance nacional, no todo fue positivo con ese trabajo fílmico.
  “De panzazo evidentemente fue mediático con el polifacético Carlos Loret de Mola, además el tema de Elba Esther estaba a todo lo que daba, había un tema medio amarillista que funcionaba y fue tremendo. Había pasado Presunto culpable y en Cinépolis se fueron con la línea de Presunto culpable. El sindicato (de maestros) de alguna manera estaba dando mucha lata en Michoacán, sacaba periodicazos de que iban a suspender la película, de que no fueran a verla, eso le ayudó. Y por otro lado nos llegaban los trancazos, de cómo a mí se me había ocurrido meterme ahí, que ‘hijos de famosos pendejos’. Gente aparentemente aliada —un poco la izquierda que solita se muerde la cola— sí me decepcionó un poco.
   “El punto era ‘jalemos todos, no se dejen llevar por si está esto o lo otro’. El tema de la película es bastante sencillo, no se mete en cosas muy complejas porque es un primer planteamiento de los problemas, ni siquiera va mucho a profundidad, que eso también lo criticaban, pero está más bien en términos medios, por ejemplo, no ves las escuelas más jodidas, no ves un estado tan lamentable si no estás en medio para que le pegue a todos. Y el tema principal era que las escuelas privadas y las públicas están igual de jodidas, hay una cosa mediocre en todos los sentidos, por eso se llama De panzazo. Yo quería que se llamara ¿Donde quedó la bolita? porque nunca viste dónde quedó el problema, y finalmente los que saben mucho de educación y que están en pedagogía criticaban que no hubiera más análisis de datos pero es que eso les toca a ellos”.
   Y añadió: “Esto era como que en un lugar tan árido, un arenal donde no hay ni siquiera una plantita, a ti se te ocurre, de iluso, poner un mantelito —es una metáfora— e invitas a todos a un picnic, yo nada más puse el mantelito, ahora que todos traigan los platos, que otros traigan las viandas y nos sentamos a platicar el punto pero yo no iba a poner todo, esa era la idea. Fue muy interesante ver cómo funcionan las reacciones de la gente y cómo está todo tan polarizado.
   “Fue muy fuerte porque hubo un ‘latigazo’ que se vino en mi contra porque a mucha gente le molestó, parece como si lo hubieran tomado personal. ‘¿Por qué te andas metiendo con Loret?’. Depende del rubro de la gente, si vas al sindicato te odian, pero sí vas con otra gente parece que está bien, entonces no sé, es como curioso pero sí fue un tema que ‘pellizcó muchos callos’, y a muchos les ‘sacó sarna’. Estaban muy enojados conmigo, es una película muy compleja”.

Con razón
Juan Carlos Rulfo nació en la Ciudad de México en 1964 pero desde 2006 ya no vive ahí. Fue en ese año cuando estrenó su documental En el hoyo, con el que ganó el premio al Mejor Documental Internacional en el Festival de Cine de Sundance.
   Luego de terminar ese largometraje fue que decidió emigrar. “Estábamos viviendo en Morelia, vivimos un año (2006-2007), justo había terminado En el hoyo y nos fuimos a Morelia buscando un lugar más rico pa’ vivir. Precisamente por la construcción del segundo piso del Periférico (historia retratada en el filme) el lugar en el que estaba era un poco desastroso, entonces nos fuimos a Morelia pero a los chilangos no nos iba muy bien ahí y había una escuela en Valle de Bravo, buenísima, en la que hablaban sobre educar a través del arte, a través del juego, a través de una cosa más lúdica y dijimos ‘vámonos allá’”.
   La facilidad de poder hacer un proyecto cinematográfico desde cualquier lugar y el estilo de trabajos que ha hecho Juan Carlos hasta ahora —viajando a diversos sitios del país para buscar las historias que quiere contar— le permitió establecerse en Valle de Bravo.

   Desde ese nuevo punto de ubicación y con dos hijos, también se reubicaron sus prioridades. “El rollo de la educación lo vi como una cosa muy importante, porque me tenía que ver, me tocaba, porque mis hijos estaban en esas. Creo que la posibilidad de hacer una cosa social me mueve mucho pero siempre en vinculación con algo que te está pasando, no solamente porque sí”.

A nueve años de ese replanteamiento, hay otro tema que le interesa y le atañe: el futuro. “¿Por qué está pasando lo que nos está pasando a partir del futuro?, es decir, qué va a pasar con las nuevas generaciones y ya no solo es la educación, (sino) la cuestión de la legalidad y la justicia del país, es increíble lo que ocurre.
   “Ahora estoy preparando una película que tiene que ver con estar en muchos lugares que son importantes para mí, que me han gustado mucho, a través de los cuentos que me hubiera gustado que me contara mi padre y de una serie de cartas que escribía en sus viajes y que me recomendaba mi padre ir a esos espacios, y curiosamente en esos espacios busco personajes que están relacionados con su espacio social y que tiene que ver con los hijos de ellos que están buscando oportunidades para vivir.
   “Todo es metafórico, es más personal, porque también estoy viendo que mis hijos están creciendo, que ya se me van de alguna forma. Buscar oportunidades para vivir y tratar de ver cómo es el futuro, es una cosa muy extraña. Haciendo recopilación de todo esto veo cómo era al principio el trabajo que tenía que ver con el pasado más absoluto y buscar en la nostalgia del tiempo y ahora estamos hacia el futuro. Ver qué pasa con el porvenir, hacia dónde vamos, cargado con más elementos, ya no es más el juego de la palabra sino también es el espacio social en el que vives.
   No se trata de hacer un filme por el afán de ocuparse en algo, dijo. “He estado muy vinculado con lo que ocurre y que no solamente tiene que ser una película de índole social porque sí. Vivimos en un espacio complejo con violencia, impunidad y todo esto, que son importantes, pero lo que ya no me late tanto es hacerlos per sé nada más, sino que vaya con una cosa personal”.
   Toda la semana anterior Juan Carlos Rulfo estuvo en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG) analizando proyectos para Doculab y a su regreso pasó a una comunidad en Guanajuato donde vive uno de los participantes de la nueva cinta que ya prepara.
   “Me la he pasado por todas partes, estoy en cuatro o cinco lugares: la Costa Chica, Papantla, ahora que venía de Guadalajara pasé por Guanajuato a un lugar donde hay un señor que es un poeta huapanguero que hace versos, no está complicado llegar pero por ahí también estaba otro viejito más hacia el norte, como otras siete horas metidos en la sierra y no le llegamos porque está refeo el clima, entonces dijimos ‘dejemos que esto pase porque se nos va a atascar el coche’ o qué sé yo, venía ya un poco agotado de Guadalajara”.
   Otro elemento importante en el documental, señaló, son los volcanes. “Mi padre está de alguna manera representado en los volcanes, en el viaje a la altura, en el movimiento a través de los bosques, son como metáforas y estoy tratando de adivinar cómo hacerlo”.
   El entrevistado en Guanajuato, abundó, es un poeta y cantante que estaba preocupado porque nadie siguiera su oficio. “Ya lo conocía, pero apenas le hablé propiamente qué quería y era propiamente un verso, una canción sobre haber logrado lo que quieres. Él, que es un señor que ya ha de tener 65 o 70 años, está preocupado de que su oficio no lo tomaran los jóvenes, hacia dónde iban los jóvenes, pero dice que hubo un concierto de fin de año —ellos tocan toda la noche del 31 de diciembre, desde las 10 de la noche hasta las 11 de la mañana, improvisando versos, va todo mundo a bailar ahí— y había muchos jóvenes que estaban improvisando y verseando y eso le dio mucho gusto, ya no se sintió tan mal. Hizo un verso sobre eso, del optimismo de que sí viene una banda detrás, que se puede ir relativamente tranquilo”.
   Otros de los participantes en ese nuevo trabajo cinematográfico es una familia de maromeros de Papantla, Veracruz, que está transmitiendo los pormenores y los secretos de dar vueltas en el aire de una generación a otra.
   “Hay mucha música en todos. Está este versero que cuenta una metáfora cantada de qué es la vida y están los volcanes y el viaje por estos espacios que son como un recuerdo de que por ahí anda el jefe (su padre), y yo paralelamente estoy tratando de contar unas historias o unas anécdotas que él escribía sobre esos espacios”.

—¿Tiene planeado terminarlo este año?
No, estoy pensando terminar rodaje por ahí de junio, editaré todo lo que queda del año y a ver qué pasa el año que entra. A ver si termino para el Festival de Guadalajara, o si no para el de Morelia de 2016.

Andar lo ya andado
La charla vía Skype permitió algo inimaginable: entrar al espacio en el que Juan Rulfo había perfilado su estudio y en el que falleció el 7 de enero de 1986 a los 67 años de edad a causa de un infarto.
   “Justo aquí donde te estoy hablando, justo aquí había una máquina de escribir, estaba su máquina de escribir, este iba a ser su estudio, y aquí pusimos todas sus cosas. Nosotros vivíamos en un departamento aquí arriba, todos (sus padres y sus tres hermanos), y de repente se desocupó este departamento y mi padre lo consiguió un año antes de que muriera y quería poner aquí todos sus libros para desocupar arriba porque estábamos verdaderamente atascados”.
   Tras la partida física de su padre empezó un proceso que le permitió volver a encontrarse con un legado que no tenía que ver con lo literario: sus fotografías.
   “Me puse a transcribir y organizar todas sus fotos. Fue abrir sus cajones por primera vez, fueron cosas que sí son duras, tardamos un año, año y medio en entender todo esto, en abrir, en tocar las cosas, en ver los negativos ahora sí. Siempre habían estado ahí, siempre había visto un cajón donde había uno que otro contacto ahí metido, eran muchísimos y de repente se salían de las cajas, cajas de zapatos que estaban debajo de su cama.
   La visión fotográfica de Rulfo siempre estuvo ahí, como parte de esa cotidianidad que es hasta cuando ya no existe que se valora en su justa medida.
   “De repente siempre había contactos chiquititos, imágenes que eran como importantes en la memoria porque siempre habían estado ahí desde que me acordaba, entonces vino una labor de organización, de poner el paisaje, de empezar a darle forma a este archivo pero no había ningún proyecto serio de ver cómo hacerle, no teníamos mucha lana, entonces había que preservar el archivo, cambiarles de bolsitas, ponerles antiácidos, imagínate, y de repente había oportunidades o salían las ideas de hacer una exposición, alguien llamaba, alguien solicitaba y tal vez había la posibilidad de sacar esos negativos, de mandar a hacer ampliaciones, o hacer un libro sobre fotos”.
   Y fue poco a poco que se logró ese trabajo de restauración y resguardo adecuado. “Es una labor que todavía sigue. Cuando se logran hacer estas publicaciones se logra organizar una parte del archivo. Hay toda una labor familiar, porque lo hacemos nosotros y lleva tiempo, sin recursos, mi madre es la que ha puesto todo y de alguna manera mi padre es el que está pagando esto con los derechos de autor de las ediciones (de sus libros)”.
   Y ese contacto constante con el ‘ojo fotográfico’ de su padre influyó para que decidiera dedicarse al cine, una industria con la que el también autor de El llano en llamas tuvo relación.
   “Definitivamente sus fotos, más que la literatura, sí son como más presentes. Cuando hacía las primeras películas les decía a los fotógrafos que me ayudaban: ‘A ver, mira, ve estas fotos y a ver cómo ves’. Tienen cierto encuadre, tienen una cierta forma de plantear los espacios”.
   Y la relación con esas fotografías va más allá de su contemplación. “Más allá de mitificar, (es) identificar de qué lugares se trata, entonces es un deleite meterte en la imagen, pensar en el tiempo en que fueron tomadas y de ahí nació la idea de, en la medida que pudiera, ir a esos lugares, identificar esos espacios y ponerme justo ahí donde él llego y tomó esa foto. Cuando puedo lo hago, cuando sé dónde es me llevo los negativos, los contactos y digo ‘aquí estuvo él una vez hace mucho’”.

—El nombre de su productora es una referencia a Pedro Páramo, ¿pensó desde el inicio que se llamara La Media Luna?
Recién murió el jefe teníamos la intensión de hacer una editorial que publicara las cosas de él y que fuera como más cuidado. Cuando se fue nos metimos de lleno a tratar de ver cómo estaba la situación con todo. (A) Mi padre como que ya no le gustaba meterse en toda la cuestión de la grilla editorial, entonces estaba un poco abandonado todo ese asunto, o más que abandonado, nos tocaba hacernos cargo de todo. Fue un poco extraño ver cómo estaban las cosas y entonces dijimos ‘¿por qué no hacemos nosotros una editorial? Publicamos nosotros los libros’.
   Mi hermano Pablo que es diseñador gráfico haría otra vez todas las portadas, compramos papel, pensamos llamarle La Media Luna Ediciones o Editorial La Media Luna, mi hermano hizo el logotipo y de repente vimos que era un megaproblema hacer eso, que toda la familia no se iba a meter, que no éramos gente de bussines, que nos iba a ir de la patada.
   En ese momento yo había pensado que si la editorial se ponía a hacer toda la publicación podría haber una productora que se podía poner a hacer todo lo que tenía que ver con el  audiovisual, y que se llamara La Media Luna porque era como la hacienda que producía, y sí hay una hacienda que se llama La Media Luna que sí está ahí en Jalisco. Era vocativo, era un lugar que sí tenía que ver con que el origen de todo esto era ese lugar.
  He ido al llano y me gusta ir a cargar baterías, a tocar esos espacios que no son míos porque yo no nací ahí pero que sí me recuerdan muchas cosas y que sí te confirman que es importante conocer las raíces y que cuando te sientes un poco perdido y estás un poco azotado y asoleado por las cosas no hay nada mejor que ir a tocar base porque te reconfortas, te alimentas, te das cuenta de que sí tienes un espacio del cual vienes y que existes. Por eso se llama la Media Luna.

Una camada rara
Y aunque para buena parte del mundo Juan Rulfo era una figura imprescindible de la literatura, algo de alguna manera confirmado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1983, para Juan Carlos Rulfo era simplemente su padre.
   “Siempre que me preguntan ‘¿Es difícil ser hijo de fulano de tal?’, yo digo: ‘más difícil contestártelo’ (risas). De repente veo hijos de gente mucho más famosa hechos un desastre, pienso sobre todo en los hijos de Carlos Fuentes, que se suicidaron, y no sé qué pasó ahí. No sé qué hicieron mis padres, que creo que hicieron bien, pero principalmente creo que lo que pasó fue que siempre hubo como mucha necesidad, a veces no había para el pan, no había lana, entonces sabíamos que las cosas costaban mucho trabajo. Íbamos a una huerta todos los fines de semana, íbamos a veces en camión, en autobús, estaba a dos horas de la ciudad, enfrente del ‘Popo’.
   “Me acuerdo cuando (mi papá) me compró mi primera bici, fue todo un rollo, tardé un año en convencerlo hasta que por fin me di cuenta de que la quincena era la quincena. Cuando empecé a hacer (las películas) él ya no estaba, se fue muy pronto, yo estaba a la mitad de la carrera de Comunicación, tenía 22 años”.
   La expectativa sobre a qué se iba a dedicar no era algo que agobiara a Juan Carlos. “Mi hermana mayor es médico pediatra, (mi padre) estaba satisfecho de que ella que era la mayor, que era una mujer además, estaba ejerciendo y era profesionalmente autónoma; luego venía otro hermano que es Juan Francisco que es matemático, físico, agrónomo y demás, y estaba un poco desesperado porque no acababa de concretar, con él sí se desesperaba un poco; y luego viene Pablo, Juan Pablo, que es pintor, con él era con el que tenía más diálogo con respecto del arte; y yo era un escuincle, estaba con los amigos, en las fiestas, echando desmadre.
   “(Yo) Era en cierto sentido el ‘conse’, pero hablábamos más de música, me iba con él a cortar la fruta a la huerta, y esa era la relación, nada qué ver con la literatura ni con la onda famosa. Siempre oía en la casa que se nombraban nombres como Jorge Ruffinelli, Cortázar, Borges, mucha gente que de repente llegaba a visitarlo, Eduardo Galeano, era como gente común, no me conflictuaba. Ya más adelante me di cuenta de que era gente importante (risas) y ya luego por ahí me di cuenta de que era hijo de un escritor y cuando estaba en segundo de primaria todo mundo estaba presumiendo cuál era el oficio de su papá y yo muy valientemente dije ‘mi padre es escritor’, se me quedaron viendo.
   “Era parte de una camada rara pero desde el principio sabía que había que luchar, que había que trabajar y que no me la podía creer. Me ha costado mucho trabajo lo que estoy haciendo, me sigue costando trabajo, no me la he creído, siento que me falta mucho por hacer”.

—¿Entonces no era consciente de este estatus que había alrededor de su padre?
Todo mundo decía que era el mejor escritor, que wow, qué padre, que qué maravilla, pero me lo dicen y punto, ya se acabó, sigo mi vida y sé lo que tengo que hacer: ahorita es conseguir la parte del financiamiento que me falta para terminar la película, tengo que pagar la colegiatura de la escuela y ese estatus no me ayuda. Vamos, sí te abre puertas y muchas cosas también las he podido lograr gracias a eso, pero tampoco siento que me planto en ese punto, no va por ahí, y en eso me ayuda mucho también mi familia.
   El trabajo personal sí ha sido muy importante, me hubiera gustado que lo viera, por eso estoy haciendo esta película, porque de alguna manera es: ‘Quiero estar de la mano contigo para hacer esta historia’. Eso lo estoy haciendo 29 años después de que se fue, tiene muchas cosas, sí lo extraño pero es más bien como papá, no como señor públicamente conocido.

Un tal Pedro Páramo
Cuando leyó por primera vez Pedro Páramo Juan Carlos Rulfo era un niño y no recuerda con precisión cuándo fue.
   “La he leído intermitentemente varias veces, nunca la leí en un sentón y tres veces en una noche, como decía García Márquez. Yo creo que la leí de un trancazo primero, luego otro y la dejé un rato, luego volví a entrarle por ahí cuando tendría tal vez 14 o 15 años de edad. También lo que pasa es que no soy yo, no somos nosotros el referente inmediato, como que es un tema que vive en el aire, que aquí está, que ha estado, que estuvo mientras él estaba —y está— es un tema que está en el aire, respiras el tema, todo el tiempo te han hablado de Pedro Páramo, de Susana San Juan, de La Media Luna, de Fulgor Sedano, de la loma donde volaron papalotes.
   “Vas a lugares de San Gabriel, o del llano ahí en Jalisco y la gente te dice ‘te voy a llevar a donde cortaron las pitahayas en la novela’. Todo ha sido una mezcla entre referencias físicas, palpables y concretas que están en el pueblo paralelamente a los mitos que la gente dice de él.
   “Los personajes e historias también están todo el tiempo dando vueltas en la calle, además de eso está el lenguaje, cómo te cuentan las cosas, de que ‘aquí para pedir la sal era casi, casi como con el lenguaje de Pedro Páramo’. El lenguaje de la gente de ahí de Jalisco es muy similar, entonces, cuando yo fui a hacer El abuelo Cheno… y otras historias siempre fue pensando en que la gente te estaba contando cuentos que tal vez no habían sido escritos pero ahí estaban en el aire. Cuando le preguntas a la gente cualquier cosa, la referencia inmediata eran elementos que estaban escritos en los cuentos y los trabajos del jefe y entendías de cierta manera que precisamente por estar escuchando esa forma de hablar toda la vida, él había hecho un destilado muy fino del espacio en el que viven”.

—Entonces es más cinéfilo que lector
Más o menos. No me como tres libros a la semana, pero constantemente tengo varios libros pendientes y estoy leyendo lo que necesito leer, lo que en ese momento me está ayudando a hacer lo que estoy haciendo, sobre todo eso.
   Hacer una película con respecto de lo que te está pasando es lo mismo, estás leyendo cosas que tienen que ver con lo que te está pasando, no es nomás por saber. Veo menos cine que leer, me la paso más viendo los trabajos de mis amigos o de gente que quiere hacer algo.

—Esta timidez que tenía su padre y el evitar a los medios, ¿es un rasgo que comparte con él?, ¿o sí es más de alfombra roja?
No sé, no tanto, tampoco he estado en alfombras rojas porque no hay documentales con alfombras rojas, pero voy pasando, a veces coincide, cuando me di cuenta ya pasé por detrás de todos y no me di cuenta.
   O esto contigo, no es que no haya querido (dar la entrevista), es que de plano estoy detrás de ‘la papa’ o estoy con mi mujer, estoy en ese track. Hay gente que sí es muy morbosa y que sí intenta meterse en cosas que son medio desagradables, y por supuesto que sí los evito y de repente sí me ha pasado. La prensa no es nada ingenua e inocente, pero por otro lado siento que tengo muchos amigos ahí, que hemos podido trabajar conjuntamente y también saben que no hay que meterse con ciertas cosas y sí se los digo ‘aguas, eso no’.

Del papel al celuloide
Podría decirse que Juan Carlos Rulfo siguió los pasos de su padre al iniciar una carrera en el cine. Juan Rulfo creó guiones para los cortometrajes El despojo, de Antonio Reynoso y La fórmula secreta, de Rubén Gámez; ayudó con el de Paloma herida, de Emilio Fernández, y escribió El gallo de oro, una narración que ideó para la pantalla grande y que fue adaptada por Roberto Gavaldón  en 1964 y de nuevo por Arturo Ripstein con el título de El imperio de la fortuna, en 1985.
   Además de lo anterior, tres directores han realizado versiones fílmicas de Pedro Páramo.  El español Carlos Velo fue el primero, y su adaptación, homónima a la novela, apareció en 1966.  Salieron después las versiones de José Bolaños —Pedro Páramo: El hombre de La Media Luna, en 1976— y de Salvador Sánchez, Pedro Páramo, en 1981.
   “Las he visto y no me gustan”, dijo Juan Carlos Rulfo, “casi todo el cine, excepto lo que ha hecho Mitl Valdez (Los confines)  —que tal vez es lo más moderno a nivel largometraje—, son respuestas al estado del cine mexicano de entonces.
   “Pedro Páramo de Carlos Velo me gusta más, tal vez porque el tiempo le da un sello muy particular, que estén los grandes actores, que esté la fotografía, o cosas así, pero por otro lado mi papá decía que no le gustaba ninguna y que todas respondían a un entendimiento de qué era hacer cine, de qué era hacer una adaptación, de qué era la parte temática superficial de la anécdota de la novela en el caso de Pedro Páramo e igual con los cuentos”.
   Y las adaptaciones siguen. En varias ocasiones se han realizado filmes que tienen como punto de partida alguno o varios de los cuentos de Rulfo pero los resultados no siempre resultan satisfactorios.
   “Lo que están haciendo los chavos más locochones resulta que de repente se ‘vuelan la barda’ y hacen una cosa completamente diferente pero también pa’l otro lado, es decir, cambian completamente el sentido de las palabras, agregan muchísimos más parlamentos, entonces de repente uno dice ‘¿y eso por qué? No lo escribió el jefe’, entonces yo no sé si yo soy el anticuado o qué.
   “Tal vez tiene mucho que ver no entender qué pasa con México, qué pasa con los personajes, qué pasa con la manera de expresar las distintas realidades de México y en general eso le pasa mucho al cine mexicano. El cine actual yo no lo veo absolutamente bien representado en la pantalla, hay muy pocas películas que lo logran, inclusive un tema tan radical como es una película sobre una comunidad indígena realmente hacen un documental mal hecho, muy forzado, con una entrevista forzada sobre derechos humanos o con una víctima, una mujer víctima de una violación y viuda de un marido asesinado y no son películas que funcionen, son películas muy amarillistas hechas con toda una tendencia chafa de izquierda que no está bien.
   “No se habla de la dignidad de la gente, no se habla del respeto a la gente, no se habla de un contexto bien cuidado, es decir, no se toman en cuenta muchas cosas que Pedro Páramo, la obra del jefe, toma en cuenta y que se me hacen muy valiosas y muy importantes. Se me hace muy difícil que hagan una adaptación de sus obras si no se logra hablar con una referencia básica del mismo país y de la vida cotidiana, otra vez tomando la vida cotidiana de cualquier tema, de lo que quieras, hay muy pocas películas dignas de una comunidad indígena y voy hasta la comunidad indígena porque es la parte más sensible y más difícil de representar del país.
   “Es todo un tema cómo adaptar”, abundó, “cómo trabajar la realidad, cómo trabajar los personajes, cómo no ponerte tú encima de la obra, y dejar que la obra fluya, entender de qué se trata y conocer cómo es esa realidad, cómo se ve la luz, cómo se ven los personajes, cómo se ven las caras o los rostros, y lo único que hemos visto son estereotipos y malos entendimientos de las realidades de nuestros países latinoamericanos, es un problema más allá de la adaptación de esta obra en particular y siento que no, les falta mucho”.

El jefe
El pasado 7 de enero Juan Carlos Rulfo tuiteó en su cuenta @juanpatadeperro “Hoy, hace 29 años se fue Juan. Y parece que fue ayer. Todavía recuerdo el sonido de su voz. Sigue aquí cerquita, dentro de mi corazón”.
   Al respecto comentó: “Cuando hago eso del Twitter es cuando siento que hay una comunidad que está ahí, que es importante recordarles que hay una manera de ver la vida, que hay una manera de acercarse a la gente y eso es lo que intento hacer —así como lo intento hacer con el cine o con lo que hago—, sí es como una forma, va a sonar raro, pero hay una forma amorosa de acercarse a las cosas”.
   Juan Carlos señaló que es una manera también de abordar otra cara de Rulfo: la del padre. “No desde el punto de vista de solamente un autor, porque ese es el que no conozco, no lo tengo tan propio, yo no lo puedo ver solamente como el autor. Si quieres que hable de literatura hablamos de literatura y es concretamente el tema y trato de separar mi interpretación de las cosas, muy personal, con respecto a de qué trata la novela o fechas de publicación o cosas por el estilo, aún así, diciendo de qué trata la novela tienes una versión muy fría de cuál es el tema porque también puede ser subjetiva, mucha gente dice ‘es una historia sobre los muertos’, bueno, cada quien.
   “Respecto al jefe es lo mismo, que si sea el autor más importante o uno de los más, pues bueno, cada quien échele sus puntos. Más allá de competir en ese sentido y decir que sí es de las mejores obras hay como un cariño y unas ganas de acercarse a él con el afán de recordarlo”.
   Y dentro de ese recuerdo está, dijo Rulfo, la necesidad de acabar de entender a su padre en muchos sentidos. “Esta película que estoy haciendo me está costando mucho trabajo porque hace mucho que no hacía cosas muy personales, y está bueno, está bueno que me esté pasando eso porque estoy tratando de mezclar cosas como sociales pero al mismo tiempo están mis hijos, los hijos de los otros, no sé qué futuro vaya a tener eso, cómo se vayan a ver, pero está el asunto personal ahí metido.
   “Finalmente la mejor herencia no es que sea (la literatura), creo que la mejor herencia es tener una actitud en la forma de ver las cosas, más allá de la literatura, más allá, yo no estoy pensando todo el tiempo en Juan Preciado, estoy pensando en la actitud que tuvo (mi padre) para poderse acercar a la realidad y esa es la que no me acabo de digerir”.
   Para Juan Carlos Rulfo se trata de crear y mantener esa actitud que vio en su padre: observar el entorno, ser respetuoso de este y generar un destilado más fino de la realidad circundante como resultado de una comunión especial.
   “De eso es de lo que va todo, no es esto otro ni de andar por la alfombra roja, ni de andar haciendo grilla cultural, no, la verdad me da flojera, la verdad tengo ganas de estar buscando una buena cámara, irme a roncanrolear con un auto que funcione y dos o tres cuates que me ayuden y que hagamos un viaje y que nos la pasemos superpadre y tener un encuentro con un personaje que nos cambie la vida, como fue ayer (el sábado 14 de marzo), este encuentro que tuvimos con este hombre que se llama Guillermo Velázquez, de Los leones de la Sierra de Xichú. Justo parece que llegamos en el momento perfecto: comencé a hablarle de lo que quería hacer y de repente se pone a llorar, me canta su verso y yo me puse a llorar, fue precioso. Tiene que ver con eso, llegas con una gente a la que le están pasando cosas que tienen que ver con lo que tienes que hacer y dices ‘creo que sí vamos por el camino correcto’. Todo fue gracias a que comencé a hacer las cosas con la actitud de la que te estoy hablando”.

"La mejor herencia no es que sea (la literatura), creo que la mejor herencia es tener una actitud en la forma de ver las cosas, más allá de la literatura, más allá, yo no estoy pensando todo el tiempo en Juan Preciado, estoy pensando en la actitud que tuvo (mi padre) para poderse acercar a la realidad y esa es la que no me acabo de digerir"


Ilustración de Eduardo Ruiz

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