Entrevista con Mónica Lavín

Mónica Lavín, literatura al filo

El amor siempre es un tema difícil de tocar, la literatura tiene páginas y páginas llenas de palabras intentando presentar, dilucidar o describir ese sentimiento que a todos —lo vivan o no— ha trastocado.
   Si a lo anterior se le añade la necesidad de tener que olvidar un amor —usada la palabra como sinónimo de relación  o pareja— la cuestión se complica aún más. Es sobre esto que versa Doble filo (Lumen), la más reciente novela de Mónica Lavín, quien charló para PROVINCIA sobre el proceso de creación de esta historia en la que dos mujeres comparten tiempo y espacio.
   La autora mexicana, conocida y reconocida por Yo, la peor, con la que ganó el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska en 2010, señaló que su historia, al ser corta, tuvo la dificultad agregada de la concreción, algo que es difícil aún en este tiempo en el que todo cabe, o al menos eso parece, en 140 caracteres.
   “Yo creo que siempre el terreno del amor es complicado, en el sentido de que puede uno decir muchos lugares comunes, puede uno recorrer los amores con las mismas notas de lo dicho, entonces aquí quizás lo más difícil era hablar de esta idea del olvido y del recuerdo pero en pocas palabras, con este recurso de la terapia que es breve, se acaba rápido. Yo quería tratar de llevar las cosas a decir lo justo, o en lo anecdótico o en las sentencias que puede ir elaborando la terapeuta que tienen que ver con aprendizajes quizás. Yo creo que siempre nos estamos preguntando sobre el amor”.

—En estos tiempos de los 140 caracteres, ¿es difícil ser concreto cuando se trata de amores?
Ser concretos y sobre todo precisos, o sea, cómo decir las cosas. Creo que se ha banalizado mucho el lenguaje, se ha vaciado de contenido, no nos vamos a decir versos elaborados, pero cómo decir cosas sencillas sin tener que decir: ‘amor es nunca tener que pedir perdón’.
   Cómo encontrar esas definiciones o aproximaciones al amor si a pesar de que los 140 caracteres nos dan un adiestramiento a lo breve, creo que encontrar qué decir es complicado.

—¿Una novela corta como Doble filo es más difícil de lograr que una más extensa?
Tiene su dificultad particular la novela corta. Cuando puedes explayarte en muchas palabras a veces es más cómodo, hay gente que le gusta eso, a mí siempre me dan miedo las muchas palabras, las demasiadas palabras. Como vengo del cuento yo siempre creí que solo iba  a escribir cuento, me siento más segura en la justeza de decir lo menos posi-ble pero que tenga un peso.
   La dificultad aquí era: ¿cómo decir lo menos posible en una situación ya de por sí acotada, que es una terapia, pero que los personajes desplieguen sus contradicciones? Entonces es una regla de juego diferente que me gustó, porque a diferencia del cuento no tenía que saber yo el final, lo fui descubriendo.

—En su novela los dos personajes centrales son mujeres, ¿fue complicado el proceso de escritura para que no se mezclaran las dos voces femeninas?
Una ventaja era que una hablaba, Antonia, ella siempre era escuchada por la terapeuta. Mientras una habla la otra piensa, es la primera persona, en lugar de hacerlo dialogado, era una estrategia que paradójicamente le fue dando importancia a la que escucha, en lugar de a la que habla. Yo sabía que al ponerlas a dos extremos de la vida eran distintas y por lo tanto entendían la vida de manera distinta.

—En su vida cotidiana, ¿le toca más hablar o escuchar?, ¿qué disfruta más?
Disfruto más escuchar. Me encanta escuchar porque los escritores somos unos fisgones y me gusta oír lo que dicen los otros, y me gusta observar, a veces me gusta que tampoco hablen sino el silencio, me funciona. Sí, no soy la que más habla en una conversación.

—¿Comulga con esa conocida frase ‘Entre mujeres podemos despedazarnos pero jamás nos haremos daño’?
No comulgo con ella para nada, ni jamás lo hice, yo creo en la solidaridad entre mujeres.

—¿Se considera feminista?
No. En parte yo nunca he tenido un problema en las decisiones que he tomado en mi vida, por ser mujer, nunca lo he considerado. Jugaba basquetbol y nunca dije ‘ay, soy una mujer’, porque los demás sí me decían ‘qué haces jugando futbol como niño’, a los 16 años, o ser bióloga… siempre tuve también un ambiente en casa y universidades y escuelas mixtas. Como dicen en inglés, nunca fue un issue, nunca fue un asunto, ni yo lo he transmitido así a mis hijas. Cada quien hace y se busca su espacio y su lugar, a veces lo de afuera sí coloca la etiqueta, sí tienes que insistir ‘oigan, aquí estamos también las mujeres escribiendo’ y no solo escribiendo banalidades.

—En México hay un matriarcado no aceptado en prácticamente todos los ámbitos incluido el literario, pero aún así se hace mucho hincapié en los logros de las mujeres, ¿cree que esa negación genera estas acotaciones y señalamientos?
Yo creo que es más bien para hacer clara la cuota de género que hay que tener en esta sociedad contemporánea, pero fíjate que yo no creo, es cierto, siempre ha habido mujeres notables, escritoras, que nos preceden, que hayan sido tasadas con el mismo entusiasmo que a los hombres. Por ejemplo, Elena Garro, para mí, con su libro, La culpa es de los tlaxcaltecas, ¿no hay ahí una escritora de cuento superpotente, igual que con los Recuerdos del porvenir? Y la historia la colocó fuera de los reflectores, la historia personal, las relaciones, sus propias declaraciones… pero para mí, si hay un padre del cuento mexicano, digamos un Rulfo, Arreola o Revueltas, hay una madre del cuento mexicano que es Elena Garro.

—¿Considera que las mujeres han dejado de lado ciertos temas que a usted le gustaría explorar?
Ya lo decía una española, Carmen Martin Gaite, que me gustaba mucho lo que decía, porque decía que porque las mujeres estuvimos lejos de la vida publica, históricamente, tendemos a escribir de asuntos más domésticos e íntimos simplemente porque de aquí a que nos pudimos asomar por la ventana —su ensayo se llama Desde la ventana, es muy lúcido—.
   En la tradición en habla inglesa antes ejercieron el voto, fueron a las universidades, tienen realmente otra relación con el mundo público y creo que en nuestra tradición hispana no escribimos, por ejemplo, novela policiaca, del narcotráfico, las novelas del narco, novelas de lo político, no son temas que toquen las mujeres y esto debe ser porque no hemos participado de la misma manera.  En la medida en que empiece a haber muchas mujeres detectives y secretarias de Seguridad Pública, ¿quién sabe qué va a pasar?

—¿Cómo ve el panorama de la literatura usted, que además de crear, también está en la academia?
Doy clases en la Academia de Creación Literaria de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y yo ahí la pregunta que me hago es ‘¿por qué quieren ser escritores los chicos?’, primero no está fácil vivir de la escritura, de la palabra puede que sí pero haciendo diferentes peripecias, es un mundo difícil ahí para la publicación, para los lectores, pero me entusiasma que por lo menos se vayan a volver lectores, ya con eso van a ser más capaces de imaginar su propio proyecto de vida.
   Lo que yo creo es que tenemos que preocuparnos mucho de la formación de lectores, no tanto de escritores, para tener una ciudadanía mucho más crítica, responsable y capaz de imaginar proyectos.
   Sí veo que la escritura, desde que existe el Fondo Nacional de la Cultura y las Artes (Fonca), ha tenido estímulos, o con la Fundación Mexicana para las Letras; (hay) muchos estímulos para la creación literaria, entonces los jóvenes se han podido dedicar a escribir —a mi no me tocó eso— y a pensar lo que quieren escribir, a leer… veo generaciones muy potentes.

—Las sagas juveniles y las historias de vampiros edulcorados han hecho que la gente joven se acerque a la lectura pero, ¿cree que esto añade la dificultad para la apreciación
de novelas que van más a lo personal, a lo interno?
 A mí me parece que se lea lo que sea y como sea. Yo como lectora empecé leyendo Robinson Crusoe, por ejemplo, era de aventuras, y para mí fue un gozo y me dieron ganas de leer. Como que la formación lectora va entrando a diferentes niveles, el problema quizás es la mercadotecnia, ¿cómo te enteras que existe Doble filo? Es que en la lectura es tan lento el asunto, nunca es un plan masivo, yo creo que un maestro que se haya emocionado con un libro y lo cuente puede lograr que se lea. Que les diga a los chicos ‘¿cuándo fue la primera vez que lloraste por amor? ¿Porque dejaste a alguien o porque te dejaron?’, no sé, cualquier cosa así… Tenemos que tener como boyas para ir entrando en la lectura, las boyas son los contagios de los otros, o la mercadotecnia que debería funcionar tanto para los libros de vampiros como para los que no van a ser tan taquilleros porque el tema que proponen en sí no es escandaloso, pero sí me alegro que haya lectores de libros, que se estén permitiendo tiempo de lectura.

La gran mujer
En 2010 Mónica Lavín ganó el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska por su novela Yo, la peor, en la que retrata a una Sor Juana muy femenina y frágil. La publicación fue aclamada y se mantiene como un referente sobre el acontecer personal de la gran autora que dijo “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón…”.
   Pese al gran éxito de su libro, a las largas horas de investigación y documentación que tuvo que pasar para escribirlo y a que ya pasaron casi cinco años del galardón, la relación de Lavín con la figura de la famosa monja está lejos de quedarse estática.
   “Yo digo que aunque publiqué Yo, la peor, mi relación con ella todavía está queriendo descubrir cosas de ella, no solo al leerla —ya la leo diferente desde que escribí Yo, la peor—, la leo con una emoción de apropiación del personaje como si yo tuviera a mi Sor Juana o conociera sus partes frágiles, porque al novelarla así la hice, o así quise verla, o así la vi, pero todavía estoy viendo qué descubren, qué cartas, qué documentos, qué dicen de ella para ver si se sostiene mi Sor Juana, o ¿por qué hay fascinación alrededor de su tiempo y de su personaje? o sea, no he acabado con ella. Cuando me dicen ‘usted que es especialista en Sor Juana’, digo ‘no, yo no soy especialista en Sor Juana, yo escribí una novela sobre Sor Juana. eso me dio cierta cercanía pero no soy una especialista’”.

—Sor Juana tuvo que decidir entre su pasión por el estudio y la escritura y sus deberes como religiosa, ¿cree que estas decisiones obligadas son más comunes para las mujeres, incluso ahora?
A veces el papel de la mujer puede ser más cómodo si sigues el molde de que el señor mantiene, que es como en tiempos de Sor Juana —o el papá, o el esposo, o el abuelo—.
   A veces hay mujeres que se quieren divorciar y no se divorcian porque no tienen ingresos y no asumen esa responsabilidad que hay que asumir y sé de muchos hombres que como necesitan un ingreso, como todos, tampoco optan por ser músicos, pintores… creo que la presión sigue siendo igual, yo creo que decidirte a hacer lo que tú quieras es igual de difícil para hombres y mujeres, y el riesgo y la responsabilidad sobre esa libertad es la misma, sí, yo creo que sí.
   Estoy hablando de ambientes que tenemos la oportunidad de habernos educado en la universidad, eso también habrá que decirlo, en ambientes en los que no hay permiso de pensar, sí, las mujeres si deciden hacer algo con su vida es un acto absolutamente temerario, y en otras culturas se juegan la vida, digo, lo de Malala es de las cosas más estremecedoras que hay. Es como Sor Juana, solo quería ir a la escuela, solo quería el derecho a la educación, sí es estremecedor.
   Las mujeres tenemos hijos, eso nos relaciona con la vida y la responsabilidad de crianza de manera distinta. Por lo pronto gestamos a los hijos y eso es incambiable, los alimentamos cuando les damos leche materna, y a partir de ahí creo que hay algo que es difícil abandonar, muchas más historias sabemos de padres que dejan a los hijos, hacen otra vida, las mujeres entre cultural y biológicamente tenemos menos posibilidades de decir ‘ya, y me olvido’, sucede y llama más la atención cuando sucede... Ya hice una telenovela.

—¿Quién cree que pudiera decir actualmente ‘Yo, la peor’?
¿Con el sentido irónico?

—Irónico o literal...
Desde la cárcel, Elba Esther Gordillo, aunque ya desde la cárcel no tiene tanto peso la declaración.

"Lo que yo creo es que tenemos que preocuparnos mucho de la formación de lectores, no tanto de escritores, para tener una ciudadanía mucho más crítica, responsable y capaz de imaginar proyectos", Mónica Lavín

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